Dirigida por Shion Sono esta pelicula nos muestra una hermosa cadena (muy bien lograda) de suicidios masivos llenos de gore e imagenes crueles, pero lo interesante de este film no es lo que la ENCICLOPEDIA DEL HORROR busca en cada pelicula, (mucha sangre y muertes) sino mas bien, su inmenso contenido humano. Como toda pelicula japonesa esta cargada de un lenguaje poco entendido por nosostros, ya que las piezas del rompecabeza no son del todo obvias, haciendo del cine una instancia de intensas senzaciones y movimientos de todo tipo.¿?…El cuestionamiento y la duda son armas principales, adornadas por una singular pista entregada en cada suicidio colectivo acompañado de un sitio web de puntos rojos y blancos donde representa un conteo de las vidas perdidas y un grupo de niños que tienen un programa de TV donde bailan y cantan al estilo de la basura de TV chilena, pero con la diferencia que no necesitan utilizar el viejo recurso de la sexualidad de por medio, donde los canales de TV nacionales muestran chicas con pechos gigantes y culos hechos con plastico para que la audiencia vea TV, en el film este grupo de inocentes y tiernos niños, llevan un mensaje subliminal que provoca una reacción de autodestruccion entusiasta en los jovenes, una forma muy inteligente de decirnos de pasada que la TV como está lo unico que produce y producirá es muerte mental, ello dentro de todo el contenido social que en cada imagen este film nos entrega.¿Por que vivir?, ¿hay razones? ¿somos concientes? ¿vivimos o sobrevivimos?, preguntas fuertes y claves que en este tipo de cine siempre están latentes y entregadas de una forma sutil, ya que el cine japones está cargado de magia, una magia donde el mago somos nosotros y entendemos el film como más nos guste.
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sábado, 4 de julio de 2009
EL CLUB DEL SUICIDIO: La diversión de morir
Dirigida por Shion Sono esta pelicula nos muestra una hermosa cadena (muy bien lograda) de suicidios masivos llenos de gore e imagenes crueles, pero lo interesante de este film no es lo que la ENCICLOPEDIA DEL HORROR busca en cada pelicula, (mucha sangre y muertes) sino mas bien, su inmenso contenido humano. Como toda pelicula japonesa esta cargada de un lenguaje poco entendido por nosostros, ya que las piezas del rompecabeza no son del todo obvias, haciendo del cine una instancia de intensas senzaciones y movimientos de todo tipo.¿?…El cuestionamiento y la duda son armas principales, adornadas por una singular pista entregada en cada suicidio colectivo acompañado de un sitio web de puntos rojos y blancos donde representa un conteo de las vidas perdidas y un grupo de niños que tienen un programa de TV donde bailan y cantan al estilo de la basura de TV chilena, pero con la diferencia que no necesitan utilizar el viejo recurso de la sexualidad de por medio, donde los canales de TV nacionales muestran chicas con pechos gigantes y culos hechos con plastico para que la audiencia vea TV, en el film este grupo de inocentes y tiernos niños, llevan un mensaje subliminal que provoca una reacción de autodestruccion entusiasta en los jovenes, una forma muy inteligente de decirnos de pasada que la TV como está lo unico que produce y producirá es muerte mental, ello dentro de todo el contenido social que en cada imagen este film nos entrega.¿Por que vivir?, ¿hay razones? ¿somos concientes? ¿vivimos o sobrevivimos?, preguntas fuertes y claves que en este tipo de cine siempre están latentes y entregadas de una forma sutil, ya que el cine japones está cargado de magia, una magia donde el mago somos nosotros y entendemos el film como más nos guste.
LA PRINCESA Y EL GUERRERO
Sissi (Franka Potente) es una enfermera muy querida por sus pacientes en el hospital psiquiátrico en el que trabaja; Bodo (Benno Fürmann) es un ex-soldado que ahora busca trabajo pero sin buenos resultados. Sissi saca de paseo a Otto, uno de sus pacientes, que es ciego; Bodo huye de la gasolinera que acaba de atracar.Sissi y Bodo no se conocen, nunca se han visto, pero de repente sus destinos se unirán: el camión bajo el que se ha escondido Bodo atropella a Sissi, ante lo cual él le practica una traqueotomía que le salva la vida para inmediatamente después desaparecer del lugar.
Tras este encuentro, que para Sissi no fue un simple accidente, como si de un cuento de amor predestinado se tratara, ella comienza la búsqueda de Bodo. Pese al título no se trata de una aventura medieval, sin embargo el realizador Tom Tykwer justifica ese nombre por que la película da a estas figuras la misma dimensión que se reserva a los héroes históricos.
Conocido por la triunfadora cinta "Corre Lola, Corre", el realizador alemán mezcla en su cuarto filme elementos de diversos géneros cinematográficos, fusionando romance y crimen y algo de retrato generacional, aunque él considera su película eminentemente como una historia de amor en la que la casualidad y el destino juegan un papel muy importante.
Pero también "La Princesa y el Guerrero" es una película sobre segundas oportunidades, en este sentido el realizador considera bastante difícil luchar contra la desilusión en el trabajo o en cuestiones sociales, pero en cualquier momento se pueden abrir de nuevo las puertas que antes parecían cerradas.
Y en muchas ocasiones, afirma el director, es cuestión de segundos que la vida encuentre esos nuevos caminos. Segundos que deciden sobre la vida, la muerte y el amor. Tykwer, que se considera perteneciente a una generación marcada por complicadas relaciones familiares, llena de tolerancia por un lado pero por otro con una gran falta de entendimiento, también pretende colocar algo de retrato generacional en su filme.
Para esta fábula moderna el realizador ha contado con Franka Potente, su compañera y actriz habitual desde que trabajaron juntos en "Corre Lola, Corre", quien interpreta a Sissi, una mujer que persigue con obstinación a su guerrero, el hombre que el destino ha puesto en camino interpretado por Benno Fürmann, con quien ya trabajó en "Anatomía".
(Alemania, 2000) Título original: "Der Krieger Und Die Kaiserin". Dirección y guión: Tom Tykwer. Música: Tom Tykwer, Johnny Klimek y Reinhold Heil. Fotografía: Frank Griebe. Con: Franka Potente, Benno Fürmann, Joachim Król, Marita Breuer, Lars Rudolph, Melchior Belson y Jürgen Tarrach (Schmatt). Duración: 136 minutos.
Fucking Åmål
Åmål (se pronuncia algo así como "ómol" es una pequeña ciudad de Suecia, donde nunca ocurre nada interesante y donde todas las modas siempre llegan tarde. Allí vive Agnes (Rebecca Liljeberg), una chica vegetariana que está a punto de cumplir los dieciséis, y que a los ojos de los demás es un bicho raro, así que nadie la tiene en cuenta. Pero Agnes guarda un secreto bien guardado: está enamorada de Elin (Alexandra Dahlström), la rubia más guapa del instituto. La madre de Agnes lo prepara todo para celebrar la fiesta de cumpleaños, aunque Agnes sabe seguro que nadie se va a presentar, porque alguien más del instituto da una fiesta, y todo el mundo estará allí, incluida Elin. Sin embargo, finalmente Elin y su hermana Jessica acaban presentándose en casa de Agnes, aunque con intención de emborracharse y reírse de ella. Empiezan a cotillear en el cuarto de Agnes y descubren por casualidad un texto en el ordenador en el que pone que está enamorada de Elin. Para gastarle una broma, Elin se apuesta veinte coronas con su hermana a que es capaz de plantarle un beso en los morros a Agnes. Sin embargo, la propia Elin reaccionará de manera extraña al descubrir, días después, que el beso no la ha dejado indiferente.
Dear wendy
Sinopsis: es la historia de Dick (Jamie Bell), un chico de 18 años que vive en Estherslope, un triste pueblo minero del Medio Oeste. Los habitantes le consideran un bicho raro. Un día, por casualidad, se encuentra un pequeño revólver por el que se siente muy atraído a pesar de su declarado pacifismo. Decide llamarlo Wendy. No tarda en atraer a los otros jóvenes inadaptados del pueblo para formar un club llamado "Los Dandies". El grupo les hace sentir más fuertes y les da un sentido de unidad. Todos tienen un arma a la que han dado un nombre y de la que saben todo lo que puede saberse. Pero han jurado que jamás sacarían el arma. Es la primera y más importante regla de "Los Dandies". Sin embargo, incluso un Dandy puede meterse en un lío. Al fin y al cabo, las reglas se hacen para saltárselas, sobre todo si un gran e importante principio está en juego.
domingo, 12 de abril de 2009
MORAL DISNEY
Mucho se ha hablado del universo de Walt Disney como un potente transmisor de los usos y modos de la cultura americana, transmisión que redobla su fuerza al dirigirse, emboscada en un rostro entre amable y deslumbrante, a aquellos cuyos recursos defensivos son más escasos, a los niños, si bien en los tiempos que corren la protección crítica frente al adoctrinamiento parece tan parca entre los padres como entre los infantes. Serán los efectos de la globalización.
Esta transmisión cultural quizá fue en tiempos pretéritos sutil, hija de tenues combinaciones de colores y músicas, de gestos y detalles, pero parece que los efectos se resienten que el equipaje cultural que se necesita incluso para ser adoctrinado escasea cada vez más, y por lo tanto hay que aumentar la dosis, ir al grano, sin rodeos. Es así que las filigranas más o menos artísticas han dejado paso a la sal gruesa, y a poco que abramos los ojos se hace más que evidente el armamento ideológico que nos apunta apenas disimulado tras las inquietantes fachadas de las películas Disney.
Como ejemplo valga Toy Story. ¿Un canto a la amistad? ¿Una loa a la solidaridad? Nada de eso, una vil exhortación a la resignación, una humillante defensa del sexismo más rancio.
Si atendemos al papel de lo masculino/femenino en las dos partes de la película, el mensaje es claro: Existen juguetes de chico y juguetes de chica; cada uno debe jugar con los que le corresponden, y al hacerlo se prepara para el lugar que la sociedad le reserva. Esta idea es menos importante en la primera de las dos partes de la saga, pero no por ello está ausente. Lo vemos en la pareja de vecinos de Andy: Sid, el chico, encarna la agresividad, la violencia, el experimento, el peligro. Su modosita hermana, en cambio, sólo juega con muñecas, hasta que cae en sus manos Buzz Lightyear, el astronauta, el prototipo de juguete masculino, y ¿qué es lo que hace? Lo viste de mujer, frente a un decorado rosa y con abundantes flores, y juega a tomar el té con él. A buen seguro la niña se convertirá en una excelente anfitriona de sus visitas.
En Toy Story 2 el mensaje es más redundante. Los juguetes preferidos de Andy son Buzz y Woody, el astronauta y el vaquero, los aguerridos exploradores y/o defensores del orden (Woody es sheriff), los que restauran la normalidad (el comienzo de la primera película es justamente eso, la llegada de Woody para salvar a la chica frente al atracador). No debe pasar desapercibido el papel que ambos personajes juegan en la historia de los EEUU y en su pretendido liderazgo mundial. Los juguetes femeninos son completamente secundarios; ¿mera casualidad? En absoluto. La prueba más sangrante la tenemos al final de la película cuando la desinhibida vaquera, tras haber añorado reiteradamente a su dueña (“Todo mi universo era ella”, “Ahora y siempre voy a amarte”) recibe la propuesta de acompañar a Woody y sus amigos, pero duda. “¿Y si Andy no me quiere?”, pregunta. “Tiene una hermanita”, se le responde. Es decir, no te querrá, porque eres una muñeca, y los chicos no juegan con muñecas, pero no te preocupes que para las muñecas están las niñas, y en casa tenemos una. En su aventura, nuestros héroes no sólo han salvado el pellejo, sino que han rescatado a una nueva damisela.
¿Y qué hacen mientras tanto los escasos y, como decíamos, secundarios juguetes femeninos? Ni más ni menos que lo que les corresponde en esta estructurada sociedad nuestra, esperar, cual Penélope, el regreso del amado. Antes ya han aportado su colaboración para la partida: les han preparado el equipaje y les han despedido desde la ventana. Ahí acaba su tarea; ojalá regresen sanos y salvos. Tan sólo en una ocasión vemos a las mujeres desempeñar activamente un trabajo: El de azafata que los conduce a través de la tienda de juguetes.
El retrógrado papel que asume la mujer en Toy Story no es sino un aspecto de un planteamiento más general, aquél que nos diría que es necesario mantener el orden establecido, no alterarlo lo más mínimo. Quienes lo intenten serán despreciados, cuando no castigados.
En la primera parte es interesante el personaje de Sid, el díscolo vecino de Andy. Su maldad está fuera de toda duda: tortura a los juguetes. Esta tortura se expresa de dos maneras: por una parte los hace estallar adhiriéndolos a cohetes, y por otra los descuartiza para volverlos a armar en creativas e inéditas composiciones. Y ahí está el peligro. Sid no se limita a seguir el guión establecido, es capaz de inventar, de transgredir las normas, de juntar lo que debe permanecer separado. De crear, en una palabra. Cuando a Andy se le estropea un juguete lo recompone (como el señor Patata) o directamente lo abandona (el pingüino que ha perdido su silbato, el propio Woody con un brazo roto), pero no osa alterar la realidad de las cosas, las normas vigentes, el orden establecido. Las cosas son como son, dejémoslas así y no planteemos ninguna transformación. El cambio es la maldad.
En Toy Story 2 el repudio a cualquier forma de rebeldía se convierte en el tema central de la película. Ya mencionábamos el amor de Jessi por su ama a pesar de que ésta la abandonó cuando creció. La misma historia es la que está viviendo ahora Woody. Un simple rasguño en un brazo es suficiente para que Andy lo abandone, haciendo gala de una crueldad inmensa. Frente a ello Woody responde con la resignación. No sólo no se venga del desprecio, sino que está dispuesto a asumir todos y cada uno de los que a buen seguro va a sufrir con tal de no separarse de su amo (recordemos que los juguetes llevan la marca del amo, como el ganado, y se sienten orgullosos de llevarla). Woody puede comenzar una nueva vida, pero renuncia a ella y se somete a la tiranía de su dueño. “No puedo evitar que Andy crezca”, dice, “pero eso tampoco me lo perdería”. Sé que me abandonará, que el polvo acabará cubriéndome en lo alto de alguna estantería (eso si no me vende en el mercadillo a cualquier desaprensivo), pero da igual, me aguantaré y disfrutaré con su desprecio. Aquí la resignación raya ya en el masoquismo.
Hay un personaje muy interesante que corrobora lo que estamos diciendo. Se trata del viejo capataz. Su pecado es querer liberarse del cautiverio al que está sometido, y hacer ver a Woody el futuro que le espera. Pretende, ni más ni menos, que encabezar una revuelta que altere el guión previsto. Es un libertador, y por ello será condenado. Su castigo será un nuevo monstruo experimentador, una niña que altera los esquemas, que es “muy creativa”.
“Somos parte de una familia otra vez”, y la película acaba. La familia al completo, henchida de palomitas, sonríe satisfecha. ¡Qué bonita! Ahora ya saben que los vaqueros y astronautas resolverán los problemas de la humanidad, que las mujeres ocuparán su sitio en la escala social y que quien ose rebelarse contra el orden establecido será convenientemente castigado. Para aprenderlo no les ha hecho falta un gran esfuerzo intelectual.
Esta transmisión cultural quizá fue en tiempos pretéritos sutil, hija de tenues combinaciones de colores y músicas, de gestos y detalles, pero parece que los efectos se resienten que el equipaje cultural que se necesita incluso para ser adoctrinado escasea cada vez más, y por lo tanto hay que aumentar la dosis, ir al grano, sin rodeos. Es así que las filigranas más o menos artísticas han dejado paso a la sal gruesa, y a poco que abramos los ojos se hace más que evidente el armamento ideológico que nos apunta apenas disimulado tras las inquietantes fachadas de las películas Disney.
Como ejemplo valga Toy Story. ¿Un canto a la amistad? ¿Una loa a la solidaridad? Nada de eso, una vil exhortación a la resignación, una humillante defensa del sexismo más rancio.
Si atendemos al papel de lo masculino/femenino en las dos partes de la película, el mensaje es claro: Existen juguetes de chico y juguetes de chica; cada uno debe jugar con los que le corresponden, y al hacerlo se prepara para el lugar que la sociedad le reserva. Esta idea es menos importante en la primera de las dos partes de la saga, pero no por ello está ausente. Lo vemos en la pareja de vecinos de Andy: Sid, el chico, encarna la agresividad, la violencia, el experimento, el peligro. Su modosita hermana, en cambio, sólo juega con muñecas, hasta que cae en sus manos Buzz Lightyear, el astronauta, el prototipo de juguete masculino, y ¿qué es lo que hace? Lo viste de mujer, frente a un decorado rosa y con abundantes flores, y juega a tomar el té con él. A buen seguro la niña se convertirá en una excelente anfitriona de sus visitas.
En Toy Story 2 el mensaje es más redundante. Los juguetes preferidos de Andy son Buzz y Woody, el astronauta y el vaquero, los aguerridos exploradores y/o defensores del orden (Woody es sheriff), los que restauran la normalidad (el comienzo de la primera película es justamente eso, la llegada de Woody para salvar a la chica frente al atracador). No debe pasar desapercibido el papel que ambos personajes juegan en la historia de los EEUU y en su pretendido liderazgo mundial. Los juguetes femeninos son completamente secundarios; ¿mera casualidad? En absoluto. La prueba más sangrante la tenemos al final de la película cuando la desinhibida vaquera, tras haber añorado reiteradamente a su dueña (“Todo mi universo era ella”, “Ahora y siempre voy a amarte”) recibe la propuesta de acompañar a Woody y sus amigos, pero duda. “¿Y si Andy no me quiere?”, pregunta. “Tiene una hermanita”, se le responde. Es decir, no te querrá, porque eres una muñeca, y los chicos no juegan con muñecas, pero no te preocupes que para las muñecas están las niñas, y en casa tenemos una. En su aventura, nuestros héroes no sólo han salvado el pellejo, sino que han rescatado a una nueva damisela.
¿Y qué hacen mientras tanto los escasos y, como decíamos, secundarios juguetes femeninos? Ni más ni menos que lo que les corresponde en esta estructurada sociedad nuestra, esperar, cual Penélope, el regreso del amado. Antes ya han aportado su colaboración para la partida: les han preparado el equipaje y les han despedido desde la ventana. Ahí acaba su tarea; ojalá regresen sanos y salvos. Tan sólo en una ocasión vemos a las mujeres desempeñar activamente un trabajo: El de azafata que los conduce a través de la tienda de juguetes.
El retrógrado papel que asume la mujer en Toy Story no es sino un aspecto de un planteamiento más general, aquél que nos diría que es necesario mantener el orden establecido, no alterarlo lo más mínimo. Quienes lo intenten serán despreciados, cuando no castigados.
En la primera parte es interesante el personaje de Sid, el díscolo vecino de Andy. Su maldad está fuera de toda duda: tortura a los juguetes. Esta tortura se expresa de dos maneras: por una parte los hace estallar adhiriéndolos a cohetes, y por otra los descuartiza para volverlos a armar en creativas e inéditas composiciones. Y ahí está el peligro. Sid no se limita a seguir el guión establecido, es capaz de inventar, de transgredir las normas, de juntar lo que debe permanecer separado. De crear, en una palabra. Cuando a Andy se le estropea un juguete lo recompone (como el señor Patata) o directamente lo abandona (el pingüino que ha perdido su silbato, el propio Woody con un brazo roto), pero no osa alterar la realidad de las cosas, las normas vigentes, el orden establecido. Las cosas son como son, dejémoslas así y no planteemos ninguna transformación. El cambio es la maldad.
En Toy Story 2 el repudio a cualquier forma de rebeldía se convierte en el tema central de la película. Ya mencionábamos el amor de Jessi por su ama a pesar de que ésta la abandonó cuando creció. La misma historia es la que está viviendo ahora Woody. Un simple rasguño en un brazo es suficiente para que Andy lo abandone, haciendo gala de una crueldad inmensa. Frente a ello Woody responde con la resignación. No sólo no se venga del desprecio, sino que está dispuesto a asumir todos y cada uno de los que a buen seguro va a sufrir con tal de no separarse de su amo (recordemos que los juguetes llevan la marca del amo, como el ganado, y se sienten orgullosos de llevarla). Woody puede comenzar una nueva vida, pero renuncia a ella y se somete a la tiranía de su dueño. “No puedo evitar que Andy crezca”, dice, “pero eso tampoco me lo perdería”. Sé que me abandonará, que el polvo acabará cubriéndome en lo alto de alguna estantería (eso si no me vende en el mercadillo a cualquier desaprensivo), pero da igual, me aguantaré y disfrutaré con su desprecio. Aquí la resignación raya ya en el masoquismo.
Hay un personaje muy interesante que corrobora lo que estamos diciendo. Se trata del viejo capataz. Su pecado es querer liberarse del cautiverio al que está sometido, y hacer ver a Woody el futuro que le espera. Pretende, ni más ni menos, que encabezar una revuelta que altere el guión previsto. Es un libertador, y por ello será condenado. Su castigo será un nuevo monstruo experimentador, una niña que altera los esquemas, que es “muy creativa”.
“Somos parte de una familia otra vez”, y la película acaba. La familia al completo, henchida de palomitas, sonríe satisfecha. ¡Qué bonita! Ahora ya saben que los vaqueros y astronautas resolverán los problemas de la humanidad, que las mujeres ocuparán su sitio en la escala social y que quien ose rebelarse contra el orden establecido será convenientemente castigado. Para aprenderlo no les ha hecho falta un gran esfuerzo intelectual.
Fuente:
Marcial Moreno
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